Liderarme para liderar: un viaje que empieza dentro de ti

Aprovechando la época de descanso que nos ofrece el verano, he dedicado parte de mi tiempo a la lectura de nuevos libros, y entre ellos, destaco “Integrar la vida” de Nuria Chinchilla, Esther Jiménez y Pilar García- Lombardía, que nos ayuda a comprender cómo liderar con éxito la trayectoria profesional y personal en un mundo global. Y lo hace, como me gusta a mí, desde un punto de vista práctico. De su lectura, me ha parecido interesante exponer estas ideas.

Muchos de nosotros somos testigos, con frecuencia, en nuestras organizaciones de experiencias desagradables vividas como consecuencia de una mala dirección.

Los desequilibrios que muchas empresas sufren se originan en los desequilibrios de quienes las lideran. Son personas llenas de ego y codicia extrema, personas que se creen extraordinarias por el hecho de desempeñar un cargo extraordinario y confunden responsabilidad con el ser.

De manera que, si un directivo no construye felicidad en la gente que lo rodea, sino que genera infelicidad, y no logra aflorar entusiasmo e ilusión, sino que va mermando la libertad personal, es un mal directivo. Todos reconocemos al líder como aquél en quien podemos confiar porque es una persona madura que sabe responder ante cualquier situación ordenando adecuadamente las necesidades propias y ajenas.

 

Los líderes completos son personas maduras, con capacidad de compromiso, estabilidad emocional y autodominio. No pretenden ser el centro de atención, sino que practican la humildad. Son discretos, pero decididos, silenciosos pero llenos de coraje. Les importan sus colaboradores y hacen que éstos crezcan y se desarrollen en la empresa tanto como profesionales como personas.
Así que, primero que nada, una persona para poder dirigir bien a otros ha de saber liderarse a sí misma. Y para ello hemos de aprender a autogobernarnos internamente y desarrollar el carácter sobre nuestro temperamento, integrar bien cabeza y corazón y tener la valentía de auto conocernos, descubrir cuáles son las grietas de nuestra personalidad para ir equilibrándola.

 

Sólo mediante el ejercicio de la voluntad podemos ir educando nuestro carácter y conseguir ser libres, que el entorno no nos domine sino más bien ser nosotros quienes dominemos nuestra vida y las circunstancias de nuestro alrededor.

En este orden de cosas, se nos hace inevitable preguntarnos:

¿Qué virtudes necesita un directivo para liderar?

 

Un directivo para empezar a autogobernarse a sí mismo y poder liderar bien a los demás, necesita desarrollar unas competencias (hábitos positivos que nos llevan al éxito en una determinada función) que ya en la cultura clásica se denominaron virtudes.

Son cuatro las metacompetencias que conforman el núcleo del liderazgo personal y que son básicas para desarrollar otras competencias: la toma de decisiones, la integridad, la fortaleza y la inteligencia emocional y que ya los clásicos acuñaron con el nombre de virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

 

Vamos a ver cómo se corresponden unas con las otras y qué significan.

La prudencia, que se corresponde a la toma de decisiones pues es saber tomar bien las decisiones, es decir, consiste en calibrar bien las consecuencias antes de pasar a la acción. Ser capaces de seleccionar bien la información que nos llega para escoger lo que nos conviene que puede no ser lo que nos apetezca, y así evitamos auto engañarnos.

La justicia, que se corresponde con la integridad. Los clásicos la entendían como dar a cada uno lo que le corresponde. Consiste en asimilar unos valores que toman en cuenta a las demás personas en nuestras acciones y en estar integrados, es decir, mantener una coherencia entre lo que hacemos, pensamos y decimos.

– La fortaleza, que en su vertiente hacia fuera o más masculina consiste en acometer, en la proactividad y tener iniciativa. Y que en su vertiente hacia dentro o más femenina consiste en aguantar bien los golpes, el autocontrol y la resiliencia.

– Y por último la virtud de la templanza, ahora se corresponde con la inteligencia emocional. Se trata de atemperar la emoción allí donde se desborda y, por el contrario, hacerla aflorar allí donde escasea.

 

Os dejo el link a la entrevista realizada a la Prof. PhD Nuria Chinchilla, profesora del Departamento de Dirección de Personas en las Organizaciones y, entre otros, titular de la cátedra Carmina Roca y Rafael Pich-Aguilera de Mujer y Liderazgo de IESE Business School, en la explica muy claramente cómo se relacionan las virtudes con las competencias directivas que debe desarrollar un directivo.

¡Que lo disfrutéis!